Cada vez que aparece una
invitación para danzar en ronda, el corazón comienza a bailar; respiramos aires
de sanación, de esperanza, de alegría y el alma se enciende y vibra,
anticipando la magia del encuentro. Todo nuestro ser se pone en movimiento, esperando
el día del maravilloso encuentro de alma con alma; de corazón con corazón; de
miradas con miradas… de ojos que se buscan y se encuentran; de cuerpos que se
mueven en sintonía, acompasando todos los ritmos que nos invitan a recorrer
geografías cercanas y lejanas y a viajar en el tiempo, celebrando la vida. Y,
cuando al fin se produce el encuentro, van apareciendo una a una –y muchas
veces, todas juntas- aquellas voces que añorábamos escuchar… Y las palabras recorren
los espacios que habitamos, danzando al ritmo de todos los corazones que ya
están celebrando la vida. Se mezclan los abrazos, los saludos, las sonrisas y
hasta el aire se viste de fiesta, uniéndonos en un abrazo cálido y gigante.
Las rondas giran y giran, aquí y allá… llamándonos a compartir la danza de manos dadas; con las miradas que se acompañan unas con otras miradas; con sonrisas que se despiertan y se inspiran mutuamente; con movimientos y con pausas compartidas; con sonidos y silencios que nos abrazan… Cada ronda girando se transforma en remolinos de luces multicolores, teñidas con las múltiples identidades que nos acercan a la historia de todos los pueblos, de todos los tiempos, con dignidad, con respeto y con el anhelo de la consagración de una genuina hermandad en la gran familia humana.
Estas rondas danzantes son semillas de luz, de amor, de alegría, de respeto y solidaridad… y tienen esa fuerza vital e infinita que hace florecer la PAZ.
Sólo quien vivencia estos encuentros, en cuerpo, en alma y con corazón, llega a comprender su magnitud, su poder transformador y sanador, su trascendencia… y se transforma así, en testigo sonoro de toda la expansión que siente el alma cuando cada ronda se pone en movimiento!
Las rondas giran y giran, aquí y allá… llamándonos a compartir la danza de manos dadas; con las miradas que se acompañan unas con otras miradas; con sonrisas que se despiertan y se inspiran mutuamente; con movimientos y con pausas compartidas; con sonidos y silencios que nos abrazan… Cada ronda girando se transforma en remolinos de luces multicolores, teñidas con las múltiples identidades que nos acercan a la historia de todos los pueblos, de todos los tiempos, con dignidad, con respeto y con el anhelo de la consagración de una genuina hermandad en la gran familia humana.
Estas rondas danzantes son semillas de luz, de amor, de alegría, de respeto y solidaridad… y tienen esa fuerza vital e infinita que hace florecer la PAZ.
Sólo quien vivencia estos encuentros, en cuerpo, en alma y con corazón, llega a comprender su magnitud, su poder transformador y sanador, su trascendencia… y se transforma así, en testigo sonoro de toda la expansión que siente el alma cuando cada ronda se pone en movimiento!